

Hay quienes le hacen mala cara, pero ya está aquí: Halloween llegó para quedarse. Y está claro el porqué: no solo es la influencia de la cultura estadounidense, en general todo el mundo gusta de las historias de fantasmas, vampiros y brujas. De hecho, es el propio miedo el que nos divierte y nos aleja del terror de la vida cotidiana. Pero no solo eso, los cambios que sufre nuestro cuerpo cuando tenemos miedo es para muchos una parte de la experiencia embriagadora. Una vez que los escalofríos por la etiqueta de «Basada en hechos reales» hayan desaparecido, por supuesto.
Anatomía del miedo
Las certezas en la neurociencia, el campo que estudia el órgano más complejo de la naturaleza, son escasas, y los mecanismos neuronales que generan e impulsan el miedo no son la excepción. Claro que existen algunos principios básicos bien establecidos: por ejemplo, la amígdala, la estructura ovoide situada en la parte dorsomedial del lóbulo temporal del cerebro, es el área que genera la emoción que llamamos «miedo» y desencadena las famosas respuestas de «lucha o huida». En esa sección se procesan los estímulos sensoriales para generar respuestas emocionales, y es donde se consolidan los llamados recuerdos emocionales. No creerás que es una casualidad que tu miedo actual se asemeje a uno del pasado, ¿o sí?
Cuando nos exponemos a un estímulo que nos asusta, como un ruido repentino o una imagen aterradora, el tálamo, otra estructura cerebral encargada de procesar la información sensorial, transmite la señal a la amígdala; ella decide entonces si debemos asustarnos. La ruta directa se denomina «ruta baja» y genera una respuesta de miedo inmediata e inconsciente en unos 20 milisegundos. Una segunda ruta definida como «vía alta», pasa por la corteza cerebral, donde la información se procesa a profundidad para tomar conciencia de lo que nos ha asustado, y al cabo de unos 200 milisegundos llega finalmente a la amígdala, con una nueva señal que puede confirmar la directa procedente del tálamo o modificarla, diciéndole a la amígdala que, en definitiva, tras una evaluación más cuidadosa, no había necesidad de asustarse, porque quizá simplemente estamos viendo una película de terror.
Hormonas y más
Independientemente de la vía utilizada, cuando el cerebro decide que hay motivos para asustarse, comienzan una serie de cambios bruscos. La adrenalina y el cortisol, dos hormonas que aumentan el ritmo cardíaco, la presión sanguínea y la frecuencia respiratoria, se liberan preparándonos para la huida e incluso se nos eriza la piel; aunque esta es una reacción menos útil desde que no tenemos pelaje, las pupilas se dilatan para aumentar la capacidad visual y sentimos un nudo en el estómago, producto de una pausa en todos los procesos fisiológicos esenciales.
Al mismo tiempo, se liberan sustancias como la dopamina, la oxitocina, las endorfinas y la serotonina, que ayudan a preparar el cuerpo para el combate, las que también intervienen en la consolidación de los recuerdos emocionales relacionados con la experiencia que acabamos de vivir y, sobre todo, provocan sensación de bienestar, dan euforia y reducen el estrés. Cuando el organismo se siente ileso, ellas convierten el miedo en una experiencia gratificante y capaz de crear adicción. En específico, la dopamina es el principal neurotransmisor implicado en el circuito cerebral de recompensa, y contribuye a crear el deseo de las sensaciones que experimentamos tras eludir el miedo.
¿Cómo afecta el miedo al cerebro?
Como ves, el miedo puede ser una experiencia placentera para algunos de nosotros. Y tiene mucho sentido, pues tiene efectos positivos en el estado de ánimo, el estrés y la resiliencia psicológica en momentos de dificultad. En 2019, investigadores de la Universidad de Pittsburg, en los EE. UU., expusieron cómo el estado de ánimo y la actividad cerebral de un grupo de personas cambió tras su visita a Scarehouse, la casa embrujada más famosa de esta zona en Pensilvania. Reclutaron a 200 voluntarios que nunca habían ido al recinto, y los sometieron a un cuestionario y a una prueba de capacidad cognitiva acompañados de un encefalograma, antes y después de la visita.
Los resultados publicados en la revista Journal of Emotion revelaron que la experiencia en Scarehouse no solo resultó divertida para la mayoría de los visitantes, también mejoró su estado emocional, especialmente entre los que estaban estresados, aburridos o cansados antes de la visita. Los trazos del electroencefalograma también revelaron una menor activación de varias áreas cerebrales tras la experiencia de miedo. Una conclusión que investigaciones previas asocian a una mayor capacidad de reacción ante el estrés y las situaciones de peligro.
Otra investigación llevada a cabo en el Laboratorio de Miedo Recreativo de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, demostró que los aficionados al terror demostraron ser más resistentes psicológicamente durante un período estresante como la pandemia. Los investigadores atribuyeron este resultado al entrenamiento que supone la exposición regular a películas, libros y otros medios con temática de horror, que de alguna manera enseña al organismo a aceptar emociones como el miedo y la ansiedad. Igualmente, un reporte realizado por la Universidad de Exeter, en el Reino Unido, apunta hacia la misma dirección, mostrando que los niños que participan en actividades lúdicas con cierto grado de riesgo y terror tienen mejor humor y salud psicológica. Estas investigaciones podrían ser un buen pretexto para sumergirte en una maratón de horror en tu plataforma de streaming favorita.
Fuente: un artículo publicado en el portal es.wired.com
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