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Trastorno de ansiedad social y epilepsia

social

La fobia social, comúnmente conocida como trastorno de ansiedad social (TAS), se define en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, Quinta Edición (DSM-5), como el miedo a ser el centro de atención en situaciones sociales, que se manifiesta como pavor o ansiedad, lo que lleva a la persona afectada a adoptar conductas de evitación. A pesar de la escasez de investigación sobre la convergencia entre el TAS y la epilepsia, se ha observado una comorbilidad notable entre ambas afecciones. La presencia de epilepsia predispone a la persona a sufrir ansiedad en situaciones de interacción social.

Ciertos pensamientos que generan ansiedad contribuyen al desarrollo del trastorno de ansiedad social (TAS), junto con otras ansiedades, como la ansiedad anticipatoria ante crisis epilépticas, la fobia social epiléptica, el trastorno de pánico epiléptico y la fobia a las crisis epilépticas. Las personas con epilepsia que desarrollan TAS sufren un espectro de dificultades asociadas, que incluyen, entre otras, desempleo, divorcio, disminución de la fertilidad y estigma social, lo que exacerba inadvertidamente los pensamientos desadaptativos y las conductas de evitación asociadas al TAS. Además, la aparición impredecible de las crisis y la posibilidad de que se produzca un episodio epiléptico en cualquier contexto produce una mayor sensación de vulnerabilidad en las personas afectadas. La coexistencia del TAS en personas con epilepsia genera conductas de evitación social diseñadas para prevenir crisis en público y el escrutinio público que estas conllevan.

Estadísticas y correlaciones

En general, la incidencia de trastornos de salud mental entre las personas con epilepsia se sitúa entre el 25,9% y el 44%, superando notablemente la prevalencia estimada del 20% en la población general. Sin embargo, al considerar específicamente los trastornos de ansiedad, la tasa de prevalencia en personas con epilepsia es del 22,8%, frente al 11,2% observado en la población general. Además, quienes presentan mayores niveles de ansiedad reportan un impacto más pronunciado de la epilepsia en su bienestar y experimentan una mayor intensidad de las crisis. Cabe destacar que la ansiedad social en personas con epilepsia muestra una correlación significativa y positiva con la gravedad de las crisis, el impacto general de la epilepsia, un menor conocimiento sobre el diagnóstico, una menor divulgación de su condición y un mayor temor al estigma social. Por otro lado, existe una relación recíproca entre ambos trastornos. Tener TAS se correlaciona con una mayor frecuencia y gravedad de las convulsiones, al igual que la frecuencia y la gravedad de las convulsiones en personas con epilepsia constituyen factores de riesgo para el desarrollo posterior de TAS.

Al centrarse específicamente en el trastorno de ansiedad social (TAS), las personas con epilepsia presentan una probabilidad cinco veces mayor de recibir este diagnóstico, con diversos estudios que reportan tasas de prevalencia que oscilan entre el 6% y el 21%, dependiendo de factores culturales. Un estudio poblacional realizado en Canadá con residentes con epilepsia arrojó una tasa de prevalencia de ansiedad del 22,8%, más del doble de la prevalencia del 11% observada en personas sin epilepsia. Otro estudio realizado en Corea del Sur reveló que el 11% de las personas con epilepsia del lóbulo temporal experimentaban ansiedad en la interacción social, mientras que el 21% padecían fobia social. Se han documentado tasas de prevalencia variables en Inglaterra, donde un estudio reportó una tasa del 6%, y en China, donde otro reveló una tasa del 0,6%. Diversas teorías que explican las discrepancias en las tasas de TAS en poblaciones epilépticas (y no epilépticas) pueden ser un subproducto de las diferencias entre culturas colectivistas e individualistas, los estigmas culturales asociados con la salud mental y la interacción de la calidad de vida con el estatus socioeconómico de la población.

Autoestima y estigma

A diferencia de la población general, las personas con epilepsia suelen presentar baja autoestima y una mayor percepción de estigma social, además de ansiedad social y fobias. El estigma percibido está intrínsecamente ligado a diversos factores psicológicos que influyen en el bienestar general, como la ansiedad, los rasgos de personalidad y la capacidad de resolución de problemas. En el caso de personas que padecen tanto epilepsia como trastorno afectivo estacional (TAE), la prevalencia de baja autoestima no muestra una variación estadísticamente significativa según factores sociodemográficos como la edad, el sexo, los ingresos y el nivel socioeconómico. Las personas de diversos orígenes que lidian con el TAE y la epilepsia manifiestan, de manera uniforme, mayores niveles de miedo y evitación, sobre todo ante el temor a sufrir crisis epilépticas repentinas. Esta aprensión, a su vez, los condiciona a asociar el miedo a las convulsiones imprevistas con una aversión a los espacios públicos, una renuencia a salir de sus residencias y preocupaciones respecto a las percepciones sociales.

Las personas que experimentan una mayor frecuencia de crisis epilépticas presentan menor autoestima y conductas de evitación por miedo, además de una mayor percepción del estigma, aislamiento recurrente y restricciones sociales. Las personas con epilepsia suelen manifestar vergüenza, alienación social, malestar, evitación, discriminación y sentimientos predominantes de inferioridad. Un análisis reveló que las personas con epilepsia y trastorno de ansiedad social (TAS) tienden a creer que tienen un menor valor social que las personas sin epilepsia.

Sin embargo, la percepción del estigma y la discriminación parece reflejar más la ansiedad social internalizada de las personas con epilepsia, sin llegar a evaluar con precisión los sentimientos de la población general. Esta autopercepción negativa dentro de la comunidad de personas con epilepsia refleja menos los sentimientos reales de la población en general y más la aprensión individual respecto a las percepciones sociales, lo que las predispone a interpretar señales verbales y no verbales externas como manifestaciones de estigma.

La correlación entre la baja autoestima y el estigma percibido en personas con epilepsia puede atribuirse principalmente al trastorno de ansiedad social (TAS), lo que las hace más susceptibles a evitar situaciones sociales y a malinterpretar las interacciones interpersonales. No obstante, la experiencia del estigma ejerce una influencia sustancial y adversa en la salud, la felicidad y la calidad de vida de las personas con epilepsia.

Regiones cerebrales contribuyentes

En cuanto a las anomalías en las regiones cerebrales, existen diferencias discernibles entre las personas con epilepsia y las que no la padecen, no solo en términos de estructuras cerebrales, sino también en los patrones de activación, dependiendo de si la persona con epilepsia presenta o no trastorno afectivo estacional (TAE) comórbido. Las principales diferencias notables se observan en la actividad de la amígdala y el hipocampo, el grosor cortical y la funcionalidad del sistema límbico.

La amígdala, centro fundamental del procesamiento emocional en el cerebro, rige principalmente sentimientos como el miedo y la ira. El hipocampo, responsable de la memoria, y la corteza cerebral, que rodea el cerebro y funciona como centro de procesamiento de información, trabajan en conjunto con el sistema límbico, el cual contribuye a la identificación de amenazas y al inicio de las respuestas de lucha o huida. Todas estas regiones constituyen, en conjunto, puntos clave de diferenciación. El sistema límbico incluye, entre otras regiones, la amígdala y el hipocampo. Por lo tanto, las crisis epilépticas originadas en el sistema límbico generan manifestaciones exacerbadas de síntomas relacionados con el miedo, los cuales son significativos en la génesis del trastorno de ansiedad social (TAS) y las conductas de evitación.

En personas que padecen simultáneamente epilepsia y trastorno de ansiedad social (TAS), la amígdala desempeña un papel fundamental al facilitar la experiencia del miedo y la aprehensión de un entorno potencialmente peligroso, lo que contribuye a las conductas de evitación en contextos sociales que suelen observarse en personas con TAS. Además, el hipocampo juega un papel central en la recuperación de recuerdos traumáticos asociados a situaciones sociales. Cabe destacar que las personas con epilepsia y TAS presentan un volumen de la amígdala significativamente mayor, si bien el tamaño del hipocampo se mantiene relativamente comparable al de los grupos de control. Asimismo, estos pacientes mostraron un adelgazamiento cortical en regiones cerebrales específicas, como la orbitofrontal medial izquierda, la orbitofrontal lateral derecha y el polo frontal derecho.

Además, se observó que las personas con trastorno afectivo estacional (TAE) y epilepsia presentaban una mayor predisposición familiar a los trastornos de ansiedad en comparación con aquellas con epilepsia que no padecían TAE. Esta diferencia sugiere que las anomalías estructurales cerebrales identificadas podrían tener un origen genético y biológico, en lugar de ser inducidas por factores ambientales.

Tratamiento disponible

En el tratamiento del trastorno de ansiedad social (TAS) en personas con epilepsia, los enfoques terapéuticos convencionales incluyen la terapia cognitivo-conductual y la terapia de aceptación y compromiso. El uso de estas técnicas busca ayudar a las personas a gestionar eficazmente los desafíos emocionales relacionados con su diagnóstico, en particular los sentimientos de vergüenza y escrutinio, así como abordar la percepción de estigma social. Cabe destacar que la falta de conocimiento sobre la epilepsia y su clasificación específica se correlaciona con mayores niveles de TAS y malestar social. Por lo tanto, informar a las personas sobre su condición y mantener una red de apoyo sólida y una dinámica familiar saludable puede mitigar las emociones negativas y las conductas de evitación asociadas al TAS en el contexto de la epilepsia. La información se centra en el diagnóstico y las medidas preventivas, incluyendo las acciones a tomar antes, durante y después del inicio de las crisis.

Como complemento a las intervenciones psicoterapéuticas, los tratamientos farmacológicos han demostrado eficacia en el manejo del trastorno de ansiedad social (TAS) en personas con epilepsia. Las principales intervenciones farmacológicas incluyen los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) y los inhibidores de la recaptación de serotonina y norepinefrina (IRSN). Estos inhibidores prolongan la presencia de neurotransmisores como la serotonina y la norepinefrina en el espacio sináptico, extendiendo así su efecto y compensando posibles deficiencias en la densidad molecular. Sin embargo, durante el período de latencia de cuatro a seis semanas, antes de que se manifieste el efecto terapéutico completo de los ISRS y los IRSN, se pueden prescribir benzodiazepinas junto con la terapia cognitivo-conductual.

Los fármacos antiepilépticos, incluidas las benzodiazepinas, contribuyen a la modulación de los síntomas de ansiedad al regular los canales de calcio y facilitar la inhibición del ácido gamma-aminobutírico (GABA). Cabe destacar que ciertos ISRS, como la sertralina y la paroxetina, son eficaces para controlar los síntomas del trastorno afectivo estacional (TAE) y la depresión en personas con y sin epilepsia. Sin embargo, es fundamental recalcar que el uso de ISRS y benzodiazepinas debe considerarse un complemento de las intervenciones psicoterapéuticas, y no una solución universal para los problemas de salud mental y física de cada persona.

Fuente: un artículo de Natalie Bailey publicado en el portal www.defeatingepilepsy.org

 

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